La desastrosa opción de un Lava Jato criollo
![]() |
Imagen NA |
Por Claudio Scaletta
Las revelaciones de El Destape sobre el financiamiento de
las campañas electorales de Cambiemos, vía el singular procedimiento de robar
identidades para lavar el dinero de los aportantes, hasta ahora desconocidos,
podría tener consecuencias inesperadas. La investigación iniciada por este
medio pegó de lleno en la línea de flotación de la principal figura de recambio
del oficialismo, la “angelical” María Eugenia Vidal, la gobernadora/candidata prolijamente
construida y protegida por afinidad ideológica y, también, por una pauta publicitaria
multimillonaria.
La potencia de la
evidencia sobre el blanqueo de dinero y el robo de identidades provocó primero silencio.
Más tarde el oficialismo intentó patear la pelota afuera hablando de “una
denuncia kirchnerista”. Con el paso de las semanas, sin embargo, el poderoso
cerco mediático comenzó a resquebrajarse provocando una “crisis de legitimidad”
que volatilizó una de las principales banderas con las que el macrismo llegó al
poder, la presunta transparencia en oposición a la corrupción del pasado.
La peligrosa estrategia
iniciada por el gobierno fue salir del laberinto por arriba, pero sin advertir que
la puerta desembocaba en un nuevo laberinto potencialmente más enredado. El
camino fue lo que comenzó a perfilarse como una denuncia general al
financiamiento de la política tal cual se conocía hasta ahora, uno de cuyos
propósitos evidentes es diluir culpas para que la opinión pública concluya que “son
todos lo mismo”.
La estrategia tiene
un componente de verdad. El financiamiento de la política por parte de las
grandes empresas tiene puntos en común con el aborto clandestino y el consumo
de drogas. Son datos de la realidad que no dejan de existir por su ilegalidad
formal, pero se mantienen “en el closet” por múltiples razones que no se tratan
aquí. Nadie que haga política y sepa sus costos lo desconoce, mucho menos las
familias Macri y Calcaterra. Constituye además “un reaseguro sistémico”: las
empresas nunca financian “loquitos” que si llegan al poder gobernarán en su
contra. Como indica la lógica prefieren financiar a los potenciales impulsores
de políticas que creen favorables. El intercambio es mayormente tácito. Es una
situación muy similar a la publicidad privada en los medios de comunicación,
las grandes empresas nunca financian medios críticos, salvo la excepción puntual
de querer aplacarlos.
Los intercambios de
las campañas políticas suelen funcionar entonces como “pactos de caballeros” y,
la mayoría de las veces, no tienen registros contables cotejables por las
agencias públicas de recaudación. Luego, la clase política está constituida por
hombres y mujeres de toda clase. Están los que destinan la totalidad de los
recursos donados a los fines pactados y los que se reservan una cuota variable
para sobrellevar con mayor tranquilidad los sinsabores de la existencia, por
decirlo de alguna manera. Sintetizando, la política de las principales fuerzas se
financia en alta proporción con dinero provisto por grandes empresas y sólo una
parte de este dinero pertenece al circuito formal. Esta es además una de las
explicaciones de las plutocracias. Al respecto vale la pena repasar los trabajos
de autores como Noam Chomsky. Algunos países, por ejemplo Estados Unidos,
tienen blanqueado este financiamiento y hasta el lobby, otros, como por ejemplo
Argentina, no. Los fenómenos de corrupción guardan una alta correlación con
estas metodologías de financiamiento. Este es el panorama general del
financiamiento “normal”: financiamiento en negro con dinero de origen blanco,
lícito, lo que a veces puede no ser el caso.
Pero lo que sucede
hoy en Argentina no es la voluntad de castigar un sistema antiguo y a sus
beneficiarios, sino que tiene algunos componentes más. El primero es que la
debacle de la economía macrista, que comenzó a ser evidente con la entrega
formal de la conducción económica al FMI, entró en una etapa de aceleración de
efectos sociales impredecibles. En diciembre de 2015 podía proyectarse que para
justificar la distribución regresiva del ingreso el gobierno tendría un margen
de al menos dos años con el argumento de la pesada herencia y que, luego, a
partir de 2018, llegaría el momento de mostrar los logros propios. Pero el
proyecto económico fracasó en términos de sostenibilidad y lo que este año comenzó
a ser evidente son sus consecuencias reales: aumento de la desocupación,
pérdida del poder adquisitivo de los salarios, alta inflación por continuidad
del shock de precios relativos, profundización del déficit interno por recesión
y del externo por el aumento irresponsable del endeudamiento, entre otros
efectos. El gobierno, entonces, se vio compelido a retomar la demonización de
la oposición por la vía del discurso anticorrupción. El problema es que, a
diferencia de 2016, las denuncias sobre las corrupciones propias le restaron legitimidad
social para culpar al prójimo.
La movida de
inteligencia-judicial-mediática, a través de la desopilante trama del chofer
escritor y sus cuadernos, fue el comienzo de una estrategia más desesperada con
varias aristas. La primera fue que se cargó otra bandera discursiva de Cambiemos,
su presunto “republicanismo”. La operación mostró en sede judicial un claro
deprecio por principios como la presunción de inocencia, el debido proceso y la
división de poderes. Hasta aparecieron relatos desembozados en la prensa
escrita sobre cómo funcionarios judiciales se reunieron con representes del
Ejecutivo y cómo se consensuó la virtual extorsión (algunos ya hablan de
“stornellización”) de detenidos, dicho sea de paso empresarios flojitos para el
aguante en los bordes del universo carcelario. La idea fue “quebrarlos” para
que declarasen como “arrepentidos”, la figura jurídica de la delación premiada.
El procedimiento entrañaba un doble beneficio, presentar a posibles coimeros cercanos
al gobierno como “víctimas” de extorsión y generar en el camino elementos
probatorios que no existían al principio vía las delaciones. Otra vez, como en
tantos casos anteriores, lo que comenzó como un intento de demonizar a la única
oposición real y de peso al modelo económico en curso y su principal referente,
desembocó en otra ruta de dinero M, el de los “pobres empresarios” de la obra
pública obligados a pagar sobornos. Si la criminalización de la política en los
últimos años del gobierno anterior buscaba transformar la disputa entre modelos
económicos en una lucha entre el bien y el mal absolutos, con la reducción del
adversario político a simple delincuente, el sinsentido del presente es que la
figura del bueno desapareció, lo que dificulta la recreación de la
contradicción.
Sin embargo, el
problema principal no fue la pérdida de credibilidad del oficialismo como
supuesto batallador de las causas puras --dejado en evidencia por la
investigación de El Destape-- sino
que tras el intento de neutralizar las denuncias iniciando una suerte de Lava
Jato criollo, se asoma una fuerza de destrucción económica tan potente como la
que provocó el Lava Jato original, que no sólo provocó un golpe institucional,
sino también a tres años seguidos de fuerte recesión económica, la destrucción
de las principales multinacionales brasileñas y de empresas públicas muy
poderosas, como Petrobrás. La supuesta cruzada moralizadora, que tiene en la
cárcel sin pruebas al principal referente de la oposición, Lula da Silva, fue
un verdadero desastre económico del que aun no se vislumbra el final.
Sorprende, como
mínimo, la miopía de quienes localmente iniciaron una experiencia similar. Si
con la llegada del FMI los inversores del exterior se anoticiaron que Argentina
es un país con serios problemas en sus cuentas externas, lo que reforzó las
dificultades para seguir endeudándose en divisas, la sospecha del pago de coimas
por parte de muchas de las principales multinacionales locales terminará de
afectar la imagen del país en el exterior, esa que tanto parecía preocupar a
los promotores del “regreso al mundo”. Las cotizaciones bursátiles locales y en
Nueva York ya comenzaron a reflejar este cambio de perspectiva. Pero no es sólo
una cuestión de imagen. Si la operación judicial da resultados también podría
provocar juicios multimillonarios, como los que debieron afrontar las firmas
brasileñas, así como pedidos de explicación de la SEC, la comisión
estadounidense que regula las operaciones bursátiles, en caso que el supuesto
pago de sobornos no figure en los balances.
Finalmente, con el
desfile en los tribunales de Comodoro Py de muchos de los principales
empresarios de la obra pública, hasta de miembros del todopoderoso grupo
Techint, Mauricio Macri parece estar consumando de una manera bastante
particular la famosa “traición a su clase”, como la que se le atribuye al
presidente estadounidense Teodoro Roosvelt, tan esperada por los cambiemitas
más exaltados. Si el frente político pretendía correr el foco de la grave
realidad económica, lo que logró en cambio fue agravar severamente la situación
con una mayor pérdida de credibilidad externa y, si el proceso avanza, con una
segura profundización de la recesión como secuela de una caída aun mayor de la
obra pública. La caja de Pandora, que también es la de los futuros rencores al
interior de la clase dominante, ya fue abierta.-
© 2018/08/11 El Destape
Comentarios
Publicar un comentario