Pensando la transición
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Imagen: Guadalupe Lombardo |
Por Claudio Scaletta
La última conferencia de prensa de Mauricio
Macri fue una muestra más de que el experimento neoliberal en curso está
terminado. Si se atienden los dichos del primer mandatario en el futuro
inmediato sólo habrá más de lo mismo, insistir en las recetas que, para
empezar, condujeron a la insustentabilidad financiera externa. El programa con
el FMI refrendó el rumbo y apuesta a la continuidad de largo plazo. Eso que
Macri llama “el mundo”, la porción del orden global liderado por Estados
Unidos, todavía está dispuesto a sostenerlo, aunque es probable que más
temprano que tarde la geopolítica imperial advierta que el barril macrista no
tiene fondo. En esta línea la carta del grueso de la oposición a Christine
Lagarde marcó el límite de la tolerancia a la que está dispuesta la sociedad
argentina.
Desde la Embajada, siempre previsores, estudian
planes B. Pero los potenciales reemplazantes no repuntan en las encuestas y
hasta la wonder girl de reserva, María Eugenia Vidal, aparece
hoy tocada en su línea de flotación. El escándalo por los aportes negros de
campaña a través de la apropiación de identidades rompió el cerco mediático,
hasta ayer inexpugnable. El aura virginal de la gobernadora estalló por los
aires.
La lucha política del presente, en consecuencia,
tiene dos caras. Por un lado el intento desesperado del gobierno para romper el
sino radical de no completar los períodos constitucionales, por otro la certeza
de que el 10 de diciembre de 2019 el sucesor de Macri pertenecerá a otro signo
político. Será la sociedad quien decida si quiere un cambio superador o repetir
la fallida experiencia de 2015 de un candidato “ni”.
Cualquiera sea el sucesor se encontrará con un
cuadro desolador. En diciembre de 2015 el escenario era el de un país que, al
menos desde 2012, experimentaba una situación de moderada restricción externa
tras casi una década de crecimiento, pero también desendeudado y con bajo
desempleo. En diciembre de 2019, en cambio, habrá una restricción externa muy
agravada, una virtual imposibilidad de recurrir al endeudamiento para financiar
la transición y un cuadro social de recesión, desempleo y destrucción
generalizada de riqueza.
Los cuatro años de macrismo habrán demostrado un
nuevo fracaso de las élites para construir un modelo económico-político estable
y de largo plazo. Sin embargo todos los escenarios que se abren a partir de
2019 incorporan, como denominador común, una palabra que todos los hacedores de
política querrían evitar: ruptura. Pensemos la transición.
El agravamiento de la restricción externa podría
obligar a una nueva reestructuración de la deuda. No es un destino inevitable
pero sí posible. De todas formas, cualquiera sea el desenlace demandará un
cuidado extremo de las divisas todavía más escasas que en el presente. Será
necesario establecer regímenes más estrictos de liquidación de exportaciones y
cuidar uno a uno los dólares. No puede existir más un dólar barato para el
turismo y las importaciones. Pero un peso muy depreciado no es sustentable
internamente. No se puede poner un dólar a 100 para desalentar el turismo y las
importaciones, pero que a su vez empuje los salarios y la demanda al subsuelo.
La sociedad argentina, y sobre todo su densidad sindical, no lo tolera. Se
necesita un consenso social sobre el nivel del tipo de cambio. El dólar debería
apreciarse levemente, pero con un premio de tasa de interés en pesos que evite
la fuga. La corrección para el turismo debe ser un impuesto o un dólar
diferencial y para las importaciones la administración del comercio. Las altas
tasas financieras deberán compensarse con tasas subsidiadas para el mercado
inmobiliario y las actividades productivas.
La inflación, que luego del fracaso reiterado de
las explicaciones ortodoxas hoy se sabe que es un problema de precios relativos
deberá atacarse, entonces, desde la perspectiva de los costos. Además del
consenso sobre el nivel del dólar, deben aplicarse subsidios racionales y
segmentados sobre combustibles y tarifas. También debe moderarse la puja
salarial. Si se quiere un sistema financiero que funcione la inflación importa.
No es políticamente correcto decirlo, pero no se pueden aumentar salarios a
cualquier velocidad. Se debe evitar que los salarios pierdan poder adquisitivo,
pero también saber que el ingreso se puede mejorar extrasalarialmente a través
de los servicios públicos y la infraestructura, gasto que además servirá para
impulsar la demanda al tiempo que se mejora la productividad.
Hablar de desarrollo incluye
indefectiblemente el aumento permanente de la productividad, lo que supone
recomponer el complejo científico tecnológico. Será necesario recuperar el
presupuesto para ciencia y técnica, el plan nuclear y la fabricación de
satélites, sectores en los que el país ya demostró una capacidad diferencial.
La promoción industrial no puede estar orientada a ramas cuya producción
resulta más deficitaria en divisas que importarla en su totalidad, como fue el
caso de algunas experiencias del pasado reciente. La política energética basada
en el subsidio social de los precios que reciben las empresas, no solo es
onerosa e inflacionaria, sino que demostró no servir para aumentar inversiones.
Una reforma tributaria que aumente los ingresos
públicos apuntando a los sectores más rentistas y que, en el camino, ayude a
moderar precios, es indispensable para evitar el rojo fiscal, pero la
herramienta fundamental para este fin es el crecimiento del PIB, el que se
retroalimentara con la expansión eficiente del Gasto. En el plano de la
política internacional y el financiamiento de la infraestructura se debe
avanzar hacia acuerdos estratégicos con China. Relaciones de menor cooperación
con Estados Unidos demandarán no tener el aparato de Estado infiltrado por
servicios de esta potencia.-
(c) Página|12
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