Rupturas y consensos para la post crisis
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Imagen DyN |
Por Claudio Scaletta
Parte de la deformación profesional de la economía política
es estar mirando siempre lo que sucede en el mundo de la producción, la base
material, pero como la economía es “política” un ojo siempre está
puesto también en cómo las transformaciones materiales impactan en eso que Marx llamaba
“la superestructura jurídico política”. Hoy Argentina se apresta a experimentar
una nueva gran crisis de su base material que, una vez más, provocará y demandará
cambios “superestructurales”.
Lo que comienza a
discutirse es la naturaleza y dirección de esos cambios. El punto de partida es
el nuevo fracaso de las elites políticas y económicas para construir un régimen
económico-político estable, el famoso proyecto de país en el largo plazo. Aquí
hay un problema, porque la lógica del capital es la inmediatez. Luego, buena parte
de las elites políticas son representantes directas del capital. Ante el nuevo
fracaso, deberían ser las porciones “más sanas” de estas elites las encargadas
de explicarle a los capitalistas locales la conveniencia de construir este
régimen más estable, un tarea ímproba.
Llegado este punto
aparece la ilusión del consenso. El peronismo en su versión tradicional se basó
en esta idea de la armonía de clases como posibilidad, el famoso ganar-ganar de
la expansión keynesiana, el 50 y 50 entre el capital y el trabajo, la alianza
para el desarrollo entre el animal mitológico “burguesía nacional” y los
trabajadores. El problema, como inmortalizó a fines de la segunda guerra
mundial el economista polaco Michal Kalecki --quien escribió al mismo tiempo
que Keynes las bases de la teoría del crecimiento conducido por la demanda,
pero desde la periferia de Europa y en su lengua natal--, es que con ese
crecimiento los trabajadores se empoderan, lo que da lugar a problemas de
estabilidad política, es decir de desbalances en la lucha de clases.
Desde la base
material el problema principal es muy conocido (o debiera serlo) y bastante
simple de explicar: cuando la economía crece comienza a necesitar más dólares
de los que produce. Financiar la diferencia no dura para siempre, lo que
conduce a situaciones de default o predefault, como en el presente. La primera
manifestación de la crisis externa es siempre cambiaria: se produce una
devaluación que de acuerdo a su magnitud a veces morigera durante un tiempo el
problema externo, pero lo hace a costa de transferencias de recursos desde los
trabajadores al capital y ajustando por la vía de la recesión. Es mentira que
durante las “crisis” pierden todos. El gran capital siempre gana. Las crisis
son incluso una oportunidad de aumentar la concentración.
El problema es
entonces político. Las elites económicas sólo miran la tasa de ganancia
instantánea. Eso no las hace buenas ni malas, es su lógica de comportamiento.
Los países que lograron procesos de “cierre de brecha” del desarrollo lo
hicieron porque disciplinaron a sus burguesías a un plan de largo plazo. Las
posibilidades de consenso son aquí bajísimas, más aun cuando se trata de
burguesías internacionalizadas cuyas tasas de ganancia no dependen directamente
del ciclo interno. Mirando sus tasas de ganancia, entonces, estas burguesías
sueñan con un país exportador de commodities y con disciplinar a los trabajadores
a través de la desocupación y, en consecuencia, bajos salarios. Dicho de otra
manera, la única forma de cerrar la brecha externa sin desarrollarse es
manteniendo a raya la masa salarial. Si la masa salarial crece más allá de
cierto punto comienza a demandar más productos que necesitan dólares para su
elaboración y aparece entonces el déficit externo. Aquí es donde los deseos de
las burguesías chocan contra los “70 años de peronismo”, es decir con la característica
diferencial de la economía local respecto de sus pares latinoamericanas: la
densidad sindical, la resistencia del movimiento obrero organizado que impide
el sueño de salarios periféricos, la conflictividad argentina.
Lo expuesto es la
radiografía de la lucha de clases local que en esencia no es muy distinta de su
marco teórico: una burguesía financiarizada que sueña con un modelo exportador
de commodities y salarios bajos y un movimiento obrero organizado que se lo
impide hasta donde puede. El péndulo se ubica más hacia un lado o hacia el otro
según las relaciones de poder de cada coyuntura. La primera conclusión es que
no hay salida sin inclusión. A la vez la inclusión necesita dólares y en el
largo plazo los dólares sólo se consiguen con desarrollo, es decir con la
transformación de la estructura productiva para aumentar exportaciones y sustituir
importaciones en el marco de aumentos constantes de productividad.
La visión más
benigna sostiene que las elites políticas deberían ser capaces de convencer a
las económicas del imperativo del desarrollo. Por detrás se encuentra la idea
de que la política construye voluntades mayoritarias que contrapesan al poder
económico, algo que solo ocurre en el interior de la caverna, en el mundo ideal
del pensamiento. Sucede que los principales instrumentos económicos que
demandará la post crisis implican, todos ellos, rupturas, lo opuesto a los
consensos, valga la redundancia. Veamos algunos.
Más allá de la
voluntad, antes o después será necesaria una reestructuración de la deuda, lo
que supondrá una ruptura con el poder financiero global y el FMI. Durante la
transición se necesitarán cuidar los dólares uno a uno, lo que supondrá alguna
restricción inicial al turismo emisivo y a la formación de activos externos, es
decir una ruptura con esa porción de la población risueñamente denominada “clase
media internacionalizada”. La necesidad de aumentar los recursos fiscales y el
cuidado de los precios internos supondrá reinstaurar retenciones diferenciales,
una ruptura con los sectores más concentrados de la agroindustria. Desdolarizar
los precios de la energía y los servicios públicos aumentará la tensión con las
firmas energéticas y las distribuidoras, a la vez que un indispensable nuevo
marco de alianzas estratégicas globales significará disputar con la embajada estadounidense,
hoy presente en todos los rincones del Estado. Incluso los salarios no podrán
recuperarse a la velocidad que esperarían los sindicatos. Saliendo de lo
estrictamente económico, si no se hace nada con la superconcentración de los
medios de comunicación, todas estas rupturas serán más que amplificadas en el
escenario mediático y, si no se reforma la Constitución, las reformas serán
bombardeadas, como en el pasado, desde el Poder Judicial.
La pregunta central para el nuevo punto de partida
cae, entonces, por su propio peso: cuáles serían y cómo se construyen las
nuevas alianzas de clases para sostener en el largo plazo las rupturas
demandadas para iniciar un proceso de desarrollo.-
© 2018 - 07 - 29 Página|12
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ResponderBorrarEl Dr. Oduduwa tiene grandes poderes de hechizos mágicos para resolver lo siguiente: ...
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